Depresión sonriente, más allá de la tristeza.

No siempre es fácil identificar que nosotros o alguien de nuestro entorno puede estar viviendo depresión. Por lo que muchas veces las personas afectadas suelen demorarse en buscar ayuda terapéutica.

RELATIONSHIPS

Romina S. Gambino

2/1/20234 min read

La depresión sonriente

Hay personas que parecen estar bien. No “más o menos”. Bien. Se levantan temprano. Trabajan. Hacen las compras. Responden mensajes. Se acuerdan de los cumpleaños. Se ríen en una cena. Preguntan cómo estás y escuchan de verdad la respuesta. A veces incluso son esas personas que todos describen como fuertes. Y, sin embargo, están cansadas de una manera difícil de explicar. No necesariamente quieren morirse. No necesariamente lloran todos los días. No necesariamente dejaron de funcionar. A veces simplemente sienten que todo cuesta un poco más de lo que debería. Como si vivir se hubiese vuelto una tarea. A eso, de manera coloquial, muchas veces se lo llama depresión sonriente.

No es un diagnóstico clínico. No existe una categoría en los manuales que lleve ese nombre. Pero la expresión intenta nombrar algo que sí vemos: personas que atraviesan síntomas depresivos mientras continúan sosteniendo buena parte de su vida hacia afuera. Y quizás por eso pasan desapercibidas. Porque tenemos una imagen muy concreta de la depresión. Pensamos en alguien que no sale de la cama. Que no puede trabajar. Que llora. Que dejó de ver gente. Y claro que la depresión puede verse así. Pero también puede verse como alguien llegando puntual a trabajar después de haberse quedado mirando el techo durante una hora antes de levantarse. Puede verse como una persona haciendo chistes en una reunión y sintiéndose completamente vacía cuando vuelve a su casa. Puede verse como alguien que dice “estoy cansado” porque todavía no encontró palabras mejores.

Seguir funcionando

Hay algo engañoso en la capacidad de funcionar. Desde afuera tranquiliza. “Va a trabajar.” “Sale.” “Se arregla.” “Está haciendo su vida.”

Entonces pareciera que no puede estar tan mal... Pero funcionar y estar bien no son sinónimos.

Algunas personas aprendieron muy temprano a seguir. A cumplir aunque estén tristes. A cuidar aunque necesiten que las cuiden. A no molestar. A no preocupar. A hacer lo que hay que hacer. Y esa capacidad, que muchas veces fue una fortaleza, también puede convertirse en una forma de ocultarse. De los demás, pero también de uno mismo. Hay días en los que es más fácil responder “todo bien” que detenerse a pensar si realmente es verdad. Porque si uno se detiene, quizás aparecen preguntas incómodas. Cuándo dejé de entusiasmarme?, ¿Cuándo empecé a rechazar planes que antes disfrutaba?, ¿Por qué estoy tan cansado si dormí?, ¿Por qué todo me irrita?, ¿Por qué siento que tengo una buena vida y, aun así, no logro sentirla?

La pérdida de vitalidad

El escritor Andrew Solomon, que escribió profundamente sobre su propia experiencia con la depresión, propone una idea que me resulta especialmente valiosa: pensar que lo opuesto a la depresión no es necesariamente la felicidad, sino la vitalidad.

Me gusta esa palabra porque corre el foco. Tal vez una persona todavía pueda reírse. Todavía pueda amar. Todavía pueda tener momentos lindos. Y, sin embargo, algo se fue apagando. La música ya no emociona igual. Los fines de semana se sienten como espacios para recuperarse del cansancio. Las decisiones más pequeñas agotan. Responder un WhatsApp requiere una negociación interna. El futuro dejó de generar curiosidad. No siempre hay una tristeza enorme. A veces hay una vida que se va volviendo más gris. Y uno se acostumbra. Ese quizás sea uno de los problemas más silenciosos de la depresión: podemos acostumbrarnos al malestar. Empezamos a pensar que somos así. Que nos volvimos vagos. Desagradecidos. Aburridos. Difíciles. Y entonces, en lugar de preguntarnos qué nos está pasando, empezamos a juzgarnos por no poder sentir de otra manera.

“Pero no te falta nada”

Esta frase aparece mucho. A veces viene de afuera. A veces nos la decimos nosotros mismos. “Pero si tengo trabajo.”“Pero tengo una familia que me quiere.” “Pero objetivamente mi vida está bien.” “Hay gente que está mucho peor.”

Como si el dolor necesitara una justificación suficiente para existir. El sufrimiento psíquico no funciona como una ecuación. Podemos reconocer lo bueno que tenemos y sentirnos mal al mismo tiempo. Podemos estar agradecidos y deprimidos. Podemos querer a las personas que nos rodean y sentirnos solos. Podemos tener una vida que desde afuera parece completa y sentir que nosotros no estamos del todo adentro de ella. Una cosa no invalida la otra.

Lo que no vemos

Hay investigaciones que empiezan a prestar atención al modo en que algunas personas enmascaran o camuflan síntomas depresivos.

Esto puede incluir sonreír cuando no se está bien, evitar hablar del propio sufrimiento, exagerar bienestar o esforzarse por mantener una imagen de normalidad.

No siempre es consciente. Tampoco tiene necesariamente que ver con mentir- A veces tiene que ver con vergüenza. Con miedo a ser una carga. Con no querer decepcionar. Con pensar que uno debería poder solo. O simplemente con no saber cómo decir: “No estoy bien, pero tampoco sé explicarte qué me pasa.” Y entonces seguimos. Hasta que seguir empieza a costar demasiado.

No hace falta estar destruido para pedir ayuda

Quizás esta sea la idea que más me interesa dejar. No hace falta tocar fondo. No hace falta dejar de trabajar. No hace falta que alguien se dé cuenta antes que vos. No hace falta tener una explicación perfecta. Y tampoco hace falta que tu sufrimiento sea peor que el de otra persona. A veces alcanza con notar que hace tiempo estás sobreviviendo más de lo que estás viviendo. Que seguís cumpliendo, pero casi todo se volvió obligación. Que necesitas recuperarte constantemente de tu propia rutina. Que estás presente en muchos lugares, pero cada vez menos presente en vos. Eso merece atención. No porque necesariamente tengas depresión. Sino porque quizás algo necesita ser escuchado.

Mirarnos un poco más

También creo que podemos aprender a mirar distinto a las personas que queremos. No asumir que quien hace reír está bien. No pensar que la persona independiente nunca necesita ayuda. No esperar una crisis enorme para acercarnos. A veces alcanza con preguntar un poco mejor.

No solamente:

“¿Todo bien?”

Sino:

“Te noto distinto últimamente. ¿Cómo estás de verdad?”

Y después tolerar el silencio. No querer arreglar inmediatamente. No responder con consejos. No comparar. Acompañar también puede ser quedarse cerca mientras el otro intenta ponerle palabras a algo que todavía no entiende. Porque detrás de una sonrisa puede haber felicidad. Pero también puede haber educación. Costumbre. Miedo. Cansancio. O una persona haciendo un esfuerzo enorme para que nadie note cuánto le está costando sostenerse. Y si algo de esto te resultó familiar, quizás valga la pena hacerte una pregunta sencilla.

No: “¿Estoy pudiendo con todo?”

Sino:

“¿Cómo me estoy sintiendo mientras intento poder con todo?”

A veces empezamos a encontrarnos justo ahí.

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