¿Cómo saber si tengo ansiedad?

ANXIETY

Romina S. Gambino

6/6/20234 min read

¿Cómo saber si tengo ansiedad?

Todos sentimos ansiedad. Antes de un examen, cuando esperamos un resultado médico, cuando tenemos que tomar una decisión importante o cuando algo que queremos también implica riesgo. Y eso, por sí solo, no significa que tengamos un trastorno de ansiedad.

La ansiedad forma parte de nuestro sistema de protección. David Barlow, uno de los autores más importantes en el estudio de los trastornos de ansiedad, la describe como un estado orientado hacia el futuro: aparece cuando percibimos que algo potencialmente negativo podría ocurrir y sentimos que quizás no tengamos demasiado control sobre eso.

Dicho de una manera más cotidiana, la ansiedad intenta anticiparse. Pregunta: “Y si pasa algo?”, “Y si sale mal?”, “Y si no puedo manejarlo?”. El problema no es que esas preguntas aparezcan. El problema empieza cuando nuestra vida comienza a organizarse alrededor de ellas.

Podemos imaginar la ansiedad como una alarma. Necesitamos que exista. Si cruzamos una calle y vemos venir un auto, queremos que nuestro cuerpo reaccione rápido: el corazón se acelera, los músculos se tensan, la atención se concentra y el organismo se prepara para responder. Pero imaginemos ahora que esa alarma empieza a activarse frente a situaciones que no representan un peligro inmediato: un mensaje que todavía no contestaron, una reunión, un síntoma corporal, un viaje, una conversación difícil, la posibilidad de equivocarnos o simplemente la incertidumbre de no saber qué va a pasar.

El sistema diseñado para protegernos empieza a trabajar horas extras. Y vivir permanentemente en estado de alerta agota.

Aaron Beck y David Clark estudiaron durante décadas cómo funciona el pensamiento en la ansiedad. Desde su modelo cognitivo, explican que cuando estamos ansiosos nuestra atención tiende a orientarse rápidamente hacia aquello que podría representar una amenaza. Podemos empezar a sobreestimar el peligro y, al mismo tiempo, subestimar nuestra capacidad para afrontarlo.

Entonces aparecen pensamientos como: “Seguro pasa algo”, “Y si me equivoco?”, “Tengo que asegurarme”, “Necesito saber que todo va a estar bien” o “No podría soportarlo si sucede”...

Y acá pasa algo interesante. Muchas personas con ansiedad saben racionalmente que aquello que temen probablemente no suceda, pero saberlo no siempre alcanza. Podemos entender que un avión es seguro y sentir terror al subirnos. Podemos saber que un dolor de cabeza probablemente no sea grave y pasar horas buscando síntomas en internet. Podemos saber que una persona simplemente está ocupada y, aun así, mirar el teléfono quince veces esperando una respuesta.

La ansiedad no siempre pregunta qué es lo más probable. Muchas veces pregunta: “¿Podés garantizarme que no va a pasar?”. Y hay pocas cosas en la vida que podamos garantizar.

Por eso la búsqueda constante de certeza puede terminar alimentando el mismo circuito que intentamos calmar. Cuanto más necesitamos asegurarnos de que nada malo va a ocurrir, más intolerable se vuelve la posibilidad de no saber.

La ansiedad tampoco se siente igual en todas las personas. A veces aparece principalmente en el cuerpo: palpitaciones, opresión en el pecho, tensión muscular, sensación de falta de aire, mareos, problemas digestivos, dolores de cabeza o dificultades para dormir. Otras veces se siente más en la cabeza: pensar demasiado, repasar conversaciones, imaginar escenarios futuros, necesitar tener todo bajo control, anticipar problemas que todavía no existen o sentir que la mente nunca termina de apagarse.

Y otras veces la ansiedad se nota más en lo que hacemos.

Evitamos. Postergamos. Chequeamos. Preguntamos varias veces si todo está bien. Buscamos información constantemente. Necesitamos tener planes alternativos para cada escenario posible. O dejamos de hacer cosas que queremos porque sentimos que podrían hacernos sentir incómodos.

Y ahí aparece una pregunta importante: ¿cuánto espacio está ocupando la ansiedad en mi vida?

Cuando algo nos genera ansiedad, evitarlo produce alivio. Si me da miedo manejar y decido no hacerlo, inmediatamente me siento mejor. Si me angustia una reunión social y cancelo, la ansiedad disminuye. Si temo recibir una mala noticia y no abro el correo, durante un rato puedo respirar.

El problema es que nuestro cerebro aprende algo: “Menos mal que evitamos eso”.

Y la próxima vez, probablemente, la ansiedad aparezca todavía antes.

Steven Hayes, uno de los principales referentes de la Terapia de Aceptación y Compromiso, desarrolló el concepto de evitación experiencial para describir los intentos persistentes de escapar, controlar o eliminar pensamientos, emociones y sensaciones internas desagradables, incluso cuando hacerlo termina limitando nuestra vida.

Esta idea me parece especialmente importante porque muchas veces el problema deja de ser solamente sentir ansiedad. El problema empieza a ser todo lo que dejamos de hacer para no sentirla.

No voy. No pregunto. No intento. No viajo. No hablo. No manejo. No me expongo.

No porque no quiera, sino porque aprendí que sentir ansiedad significa que tengo que retroceder.

Por eso quizás no sea tan útil preguntarte “¿Tengo ansiedad?”, porque probablemente la respuesta sea sí. Todos la tenemos. Tal vez sea más útil preguntarte qué relación estás teniendo con ella.

¿Estás dejando de hacer cosas importantes para evitar sentirla? ¿Pasás demasiado tiempo anticipando problemas futuros? ¿Necesitás constantemente que alguien te confirme que todo está bien? ¿Tu cuerpo permanece en alerta aunque objetivamente no exista un peligro inmediato? ¿La preocupación interfiere con tu descanso, tus vínculos o tu trabajo? ¿Sentís que necesitás tener todo bajo control para estar tranquilo? ¿Tu vida se fue haciendo más pequeña para que tu ansiedad se sienta más segura?

Si varias de estas preguntas te resultan familiares, no significa automáticamente que tengas un trastorno de ansiedad. Los diagnósticos requieren evaluar qué síntomas aparecen, con qué intensidad, desde cuándo y cuánto interfieren en la vida cotidiana. Pero sí puede significar que hay algo que vale la pena escuchar.

Muchas personas llegan a terapia diciendo: “Quiero dejar de sentir ansiedad”. Es comprensible. Cuando algo duele, queremos sacarlo. Pero quizás el objetivo no sea vivir sin ansiedad.

Sería difícil amar sin preocuparnos alguna vez. Tomar decisiones importantes sin incertidumbre. Empezar algo nuevo sin miedo. Construir una vida significativa sin exponernos también a la posibilidad de equivocarnos.

Desde enfoques como ACT, Hayes propone algo diferente: ampliar nuestra capacidad para experimentar pensamientos y emociones incómodas sin permitir que sean ellos quienes decidan permanentemente qué hacemos.

Entonces quizá la pregunta final no sea “¿Cómo hago para no sentir ansiedad?”, sino “¿Puedo aprender a avanzar aunque alguna vez la ansiedad venga conmigo?”.

Porque una vida completamente protegida de la ansiedad probablemente también sería una vida protegida de muchas de las cosas que nos importan.

Y a veces el cambio empieza ahí.

No cuando dejamos de sentir miedo, sino cuando dejamos de necesitar que el miedo desaparezca para empezar a vivir.

Mi Consultorio

La rioja 15, Villa Carlos Paz, Córdoba.

Contacto

romy.gambino@gmail.com++54 9 351 6834180

Romina S. Gambino, Psicóloga. M.N: 89.336